Esta sede de bloques de hormigón situada en Avaré (Brasil) plantea una estrategia arquitectónica que queremos destacar: la construcción de obra de fábrica sin mortero.
¿A qué responde esta estrategia?
Se suman dos factores que dan forma a la propuesta arquitectónica. Por un lado, el solar donde se emplaza no es propiedad de la empresa, por lo que requería tener la capacidad de desmontarse en un futuro. Por otra parte, tenían posibilidad de tener tanto material de la propia empresa como fuera necesario.
Teniendo en cuenta esto, se utiliza la técnica de acopio de material (sin uso de mortero) para construir una pequeña edificación que ejerce de sede de la empresa.
Y el mortero, ¿por qué es posible prescindir de él?
El mortero ofrece una gran variedad de funciones, entre las que se encuentran: favorecer la adhesión entre los pequeños elementos para favorecer su estabilidad y funcionamiento conjunto, compensar las pequeñas variaciones dimensionales, asegura una distribución de cargas uniforme, absorber gracias a su elasticidad los movimientos diferenciales — ya sean por variaciones de temperatura o asentamientos— , y garantizar la estanqueidad tanto del aire como del agua.
Prescindir de él, consecuentemente, supone hacer frente a todas sus funciones a través de estrategias alternativas, y ahí entra en juego el ingenio del arquitecto, así como su comprensión del material, la técnica constructiva y el entorno (geográfico y climático).
Establezcamos pues, tres grandes bloques a los que la ausencia de mortero ha de dar respuesta: comportamiento mecánico, estanqueidad y compatibilidad dimensional.
En primera lugar, respecto al comportamiento mecánico, y teniendo en cuenta que podían recurrir a bloques de hormigón en la cantidad que considerasen necesaria, los arquitectos optan por conseguir la estabilidad del conjunto a través de muros de 120cm de espesor. Esta decisión se adopta tras la realización de un estudio sobre la relación entre el peso y la superficie de contacto, asegurando así su adecuación a la capacidad mecánica del terreno. Para evitar posibles problemas de esbeltez y, simultáneamente, garantizar el aplomado vertical, cada seis hileras se dispone una superficie continua de hormigón que fracciona la altura efectiva del muro.
En segundo lugar, en la estanqueidad —o la falta de ella—, resulta necesario distinguir entre agua y aire. En el primer caso, al igual que ocurría en los muros históricos, es el propio espesor del cerramiento el que garantiza la estanqueidad frente al agua. No obstante, las infiltraciones de aire son más complejas de controlar, ya que requieren una superficie continua que cubra la totalidad de las juntas.
Una solución directa sería, por ejemplo, la aplicación de un revoco de arcilla —fácilmente reversible— en una de las superficies, sin que ello entre en conflicto con la futura desmontabilidad del sistema. Ahora bien, ¿es en este caso concreto necesario tomarse estas molestias? Probablemente no, y por ese motivo no se han implementado. El clima benigno, sumado a la elevada inercia térmica del edificio y a unas condiciones de confort deliberadamente acotadas y vinculadas al uso, no entra en conflicto con la presencia de infiltraciones de aire exterior.
En último lugar, en relación con la compatibilidad dimensional, cabe preguntarse qué ocurre en caso de dilataciones térmicas o asentamientos diferenciales. En estas situaciones, la superficie de transmisión de cargas entre los bloques de hormigón podría verse significativamente reducida, comprometiendo el correcto funcionamiento de aquellos elementos que continúan trabajando. No obstante, conviene destacar dos aspectos fundamentales. Por un lado, desde un análisis del estado de cargas, se trata de un edificio de una única planta, con cubierta no transitable, ubicado en un clima donde la sobrecarga de nieve no resulta determinante; por tanto, los esfuerzos a los que se ve sometido el sistema son, esencialmente, los derivados de su propio peso. Por otro lado, desde la formalización estructural —tal y como se ha señalado anteriormente—, la cantidad de material empleada supera ampliamente la estrictamente necesaria desde el punto de vista resistente, respondiendo principalmente a criterios de estabilidad global del conjunto.
En términos simplificados y mediante un cálculo aproximado, este pabellón podría haberse construido de forma convencional mediante muros de un espesor equivalente al del propio bloque (20cm). A través de una regla de tres, puede deducirse que con aproximadamente el 16% de los bloques empleados sería suficiente para transmitir las cargas gravitatorias al terreno sin comprometer el material. Por este motivo, puede obviarse la necesidad de garantizar una transmisión de cargas homogénea y completa a través de la totalidad de la superficie de contacto entre los bloques.
Como reflexión final de este proyecto, incidir de nuevo en la capacidad del arquitecto para cuestionar y subvertir los sistemas constructivos hegemónicos una vez que comprende en profundidad su funcionamiento. ¡Es necesario conocer las reglas para poder saltártelas!
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