En el proceso selectivo, a lo largo de la historia, de adaptación del ser humano al medio natural, el hábitat troglodita representa el mayor ejemplo de armonía y sostenibilidad. La protección de las inclemencias del tiempo o la defensa, condujeron al hombre primitivo a apropiarse de las entrañas de la tierra y hacer de esta su morada. Vivir la experiencia del espacio excavado o la construcción del vacío, como primera expresión arquitectónica, para sentir el misterio de la profundidad, que tiene la luz como riqueza, tamaño, olor, luz, texturas..., que nos devuelven a la madre tierra.
Construir es un acto humano, excavar es un acto animal. Razón por la cual, el término troglodita ha tenido tradicionalmente una acepción peyorativa, asociado a segmentos marginales de la Sociedad. Sin embargo, en la actualidad, el desequilibrio que el uso abusivo de recursos provoca en la Tierra, devuelve a este espacio esencial la excelencia cualitativa que, en la construcción del vacío, se manifiesta como una nueva forma de pensar la arquitectura.
El hábitat troglodita, por su especificidad, presenta dificultades para ser estudiado y comprendido desde los parámetros urbanísticos y la gestión política convencional. Los espacios de transición entre lo individual y lo colectivo, el interior y el exterior, la placeta, la solana o los engalabernos, son lugares que transcienden de las categorías urbanísticas tradicionales. “Casa-calle-plaza” dibujan un espacio continuo, donde arquitectura y paisaje se integran en un concepto unitario que garantiza la sostenibilidad del sistema.
La antropización del territorio se manifiesta en una sensible cualificación del paisaje, devolviendo a éste su condición de habitable. Desde procesos que se pretenden desvelar como factor de desarrollo y que relacionan arquitectura-hábitat-paisaje, en una continúa vinculación espacio-vida. Una arquitectura, en definitiva, donde prima el concepto de espacio habitable sobre la definición de una forma exterior.
Las cuevas forman parte del paisaje natural y los cambios obligan, muchas veces, a protegerlas para evitar que acaben como ojos ciegos de espacios vacíos abiertos a la nada. “Arquitectura de pobres, que no necesariamente significa la pobreza de la arquitectura”. Su valor patrimonial puede y debe servir como motor de desarrollo, de ahí la necesidad de conservación.
El concepto de paisaje, “territorio, ciudad y arquitectura’’, unido al estratificado cultural que han ido depositando las generaciones en el tiempo, se convierte en fuente inagotable de estudio. Para la generación contemporánea, la construcción del conocimiento pasa por hacer de la materia el argumento del proyecto, retornando a la humildad física y táctil de los materiales primeros y orientando la mirada hacia las fuentes esenciales de la construcción.
Desentrañar la espiritualidad de la materia elemental, frente a la universidad del material vernáculo, que se expresa a través del silencio de las formas. Recuperar procesos de autoconstrucción que se mimetizan con el paisaje sin agredirlo, en un camino al conocimiento que purga lo superfluo y nos eleva, descendiendo, a las fuentes esenciales de la ARQUITECTURA.