“Mientras los primeros rascacielos en Estados Unidos causaban asombro y transformaban los conceptos funcionales y técnicos de la arquitectura occidental, en la región de la ‘colonización antioqueña’ se reinventaba una técnica milenaria: el bahareque.”, Jorge Enrique Robledo.
La impactante localización de Manizales en Colombia, en medio de la abrupta topografía alto-andina, es el resultado de la migración interna que produce la pobreza del país, a finales del siglo XIX. Así, en busca de oro y a semejanza de los colonizadores españoles, veinte antioqueños hicieron suyo aquel ecosistema de selva húmeda tropical andina, allí donde el agua brota y serpentea entre la imponente, y a veces sinuosa, topografía. De sus “bosques de niebla” seleccionaron la madera para construir refugios temporales o asentamientos transitorios, en las partes más altas de la cordillera, con el fin de dominar visualmente el territorio y resguardar la producción minera.
A comienzos del siglo XX el cultivo del café llegó para quedarse y, gracias a él, poblados transitorios permanecieron, se consolidaron y desarrollaron. La transformación ambiental y económica, derivadas de su producción y comercialización internacional, hicieron de Manizales un importante centro de distribución de mercancías procedentes de Europa y Estados Unidos. Gentilicio de los nacidos en el departamento de Antioquia, Colombia. Es ese contexto de asombro cultural el que produce una interesante cultura rur-urbana. Producción-arquitectura-paisaje se construyen y reconstruyen al vaivén de influencias extranjeras y ecosistemas locales, adaptándose a las condiciones que imponía la naturaleza del entorno, con el soporte de técnicas ancestrales y produciendo estilos propios en un Paisaje Cultural Cafetero, Patrimonio de la Humanidad. En este territorio, actualmente, viven cerca de 2 millones de personas y se trabaja, y se “lucha”, para que se investigue, se re-cree y se conserve como patrimonio uno de los sistemas constructivos tradicionales más interesantes, el Bahareque.